UNA CITA CON ADRIANA

por | Oct 30, 2026

El sol rompía la tarde del domingo. Sentado en un banco de la plaza esperaba a Adriana que estaría por llegar de un momento a otro.
Nos habíamos conocido durante la noche anterior en un bar. A ella le llamó la atención mi remera con la imagen de Coltrane, se me acercó y hablamos gritándonos al oído, que es como uno habla en un bar con la música al palo.

Ella tenía un trago en la mano, un negroni, creo. Pero por como arrastraba la voz, parecía que ya hubiera tomado algunos mas. A pesar de su etílica alegría, parecía una mujer muy segura de si mismo y muy inteligente. No sé si era producto del alcohol pero gesticulaba mucho con las manos al hablar, casi en un modo teatral. Eso me divertía.


Nos reímos mucho, yo también había tomado lo suficiente como para reírme con una desconocida. Hablamos del jazz, de lo sensual de la música negra. Dijo que el jazz era como el sexo, era pura improvisación hasta que explotaba. Fumamos bastante y cuando la charla le dio lugar a los besos, a los manoseos furtivos en medio del bar, salimos y en un taxi nos fuimos a un hotel. Ella le indicó al taxista por donde ir porque la ciudad, con sus diagonales, todavía me desconcertaba.


Podría decirse que la noche fue buena como para que los dos quisiéramos encontrarnos el domingo por la tarde y pasear un rato. Ella me había gustado, y aun sin conocerla, por primera vez en años, estaba empezando a considerar la posibilidad remota de una relación.
Habíamos quedado a las tres de la tarde, un horario prudente después de almorzar, en un banco de la plaza frente a la fuente. Me dio indicaciones muy específicas porque se dio cuenta que era nuevo en la ciudad.


Pasaron quince minutos de la hora señalada y no apareció. Encendí un cigarrillo, caminé cerca del banco dando vueltas como en una sala de espera. Se hicieron las cuatro no con demasiada facilidad. Me insulté al no haberle pedido un número de teléfono o una dirección. Yo y mi maldito miedo a espantarla, a que piense que era un pesado. A las mujeres no tenés que demostrarle demasiado interés, me había aconsejado un amigo. A él también lo insulté en silencio.


Cuando ya había pasado mas de hora y media de lo acordado, caminé un rato mas por la plaza ampliando el radio de recorrido. Entre todas las pavadas que pasaron por mi cabeza, también temí haberme equivocado, no solo de ubicación, sino también de plaza. A varias personas les había preguntado si efectivamente esa era la plaza Moreno, a lo que algunos respondieron con fastidio o con una sonrisa burlona que sí.
Cuando se hicieron las cinco, me fui. Algo le debe haber pasado, recuerdo que pensé. O yo no le había gustado tanto como lo imaginaba.
Durante la semana, por momentos pensaba en ella. Trataba de recordar cada detalle de la noche que pasamos juntos y detectar si acaso hubo algún gesto que indicara que ella no se sentía bien en mi compañía.


Pasó la semana y el sábado a la noche volví al bar pero esa vez me puse una remera con la imagen de Miles Davis, a ver si lograba llamar su atención si aparecía por allá. Nada, no fue o no la vi. A las horas, después de haberme tomado un par de medidas de whisky, me fui a casa a dormir la mona.
El domingo fue igual a tantos otros. Tan aburrido y previsible que estuve leyendo toda la tarde. Hasta llegué a pensar en darme una vuelta por la plaza y ver si a lo mejor la veía. Pero no quise, ya estaba algo enojado también. No sé cómo pero supuse que si hubiera querido tomar contacto conmigo, de alguna manera lo habría hecho.


Bien entrada la tarde me fui a un bar a ver el partido de Boca, que enfrentaba a Independiente en la Bombonera. Me senté bien al fondo y pedí una cerveza que me vino con un platito con maníes. Después de sufrir un primer tiempo muy tenso, y justo cuando estaba por levantarme al baño, apareció Adriana.
No es que haya entrado al bar, no es que la vi de repente entre todos los asistentes sentada a una mesa, no es que estaba acompañada con otro tipo. No, nada de eso.
Adriana estaba en la pantalla de la tv, la reconocí aun en una foto que parecía tener unos años. El zócalo en la pantalla del segmento de noticias decía “La masacre de La Plata”. Y ella, desde esa foto junto a su hermana, no sonreía, pero me miraba como queriéndome decir algo que nunca voy a saber.

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