EL DESENCANTO POLÍTICO, MI VIEJA Y NÉSTOR KIRCHNER

por | Oct 27, 2026

UN 29 PULGADAS

La caída de la dictadura y el regreso de la política al día a día están asociados, para mí, a dos recuerdos muy específicos. El más potente: las discusiones políticas en casa de mis abuelos. Habana y Gualeguaychú, en Villa Devoto, Buenos Aires. 1982, 1983. Mi viejo sufrió una especie de impasse y se le dió por el radicalismo en esos años; mi vieja adoraba a Alfonsín. Mis abuelos y mis tías, siempre muy politizados, siempre militantes, siempre peronistas. Hermosas discusiones, plenas de pasión y a voz en cuello. Como debe ser. Mientras tanto, yo leía la revista Humor.

El otro recuerdo es de esos mismos años, durante un paseo por el centro. En la esquina de las peatonales (Florida y Lavalle), un grupo de gente discutiendo de política. Índices levantados, voces también. Aún hoy me fascina ese cuadro, esa foto, de debate político en la calle, casi a los gritos y sin tapujos.

Siempre me interesó la política. Pero, a mediados de los noventa, el desencanto había hecho lo suyo. Como en tantos de nosotros.

Mi refugio eran las Madres. Las únicas capaces de emocionarme eran ellas.

Hacia fines de la década encaré algo parecido a una militancia y me sentí expulsado, casi de entrada. Reuniones en las que no se hacía más que hablar. Y lo que se decía era francamente superficial. Así como llegué, me fui. No obstante, voté a la Alianza. En las legislativas de 2001 voté en blanco por primera y única vez en mi vida. La desilusión era completa. Sólo Madres y Abuelas como referentes éticos y políticos inquebrantables. Es fácil imaginar que el 20 de diciembre nos encontró a mi compañera y a mí manifestando en una esquina de Almagro. Al ver pasar por la Avenida Corrientes las columnas que venían de los barrios más alejados, rumbo al centro, nos apuramos a volver a casa, nos pusimos calzado cómodo y marchamos entusiastas. Aunque siguiendo la triste, vacía y peligrosa consigna del momento: «que se vayan todos»…

Nos habíamos conocido en el 98. Aquellos primeros tiempos fueron bravos en lo económico. Empezamos a convivir en agosto de 2001… ¿Tener hijos? ¿En esa Argentina? Pensábamos mucho en eso. Porque el momento era dramático y, además, la perspectiva más plausible era que, durante décadas, la cosa seguiría igual. Teníamos alrededor de treinta años y estábamos seguros de que nosotros no llegaríamos a ver una Argentina de pie.

¿Qué puede haber más esencial para la política que hacerle llevadera la vida a alguien enfermo y ayudarlo, por ejemplo, a comprarse un televisor?

DIEGO JOY. UN 29 PULGADAS.

Siempre nos mantuvimos informados, atentos a la realidad política. Pero con actitud entre cínica y dolorida. Y lejana. El 25 de mayo de 2003 estábamos almorzando con unos amigos. Ni siquiera vimos la asunción de Néstor Kirchner. Esa noche supimos del discurso de asunción. Estuvo bien, sí… Pero…

Luego la historia es conocida: el cuadro abajo, la cancelación de la deuda con el FMI, el crecimiento. Había laburo. La guita empezaba a alcanzar. Apenas dos o tres años antes se veían en la calle las filas con aspirantes a un puesto de trabajo; ese era el paisaje diario. El cambio era notorio. La velocidad de esas conquistas, alucinante. Pero los porrazos de los noventa primero y del aliancismo después habían sido tan fuertes que me daba miedo la ilusión… No quería…

En 2008 me permití volver a identificarme plenamente —a cara descubierta— con la política, con el peronismo (que había mamado de muy chico, sin saberlo del todo, en aquellas visitas a la casa de mi abuelo paterno) y con los nombres propios de Néstor y Cristina.

La convocatoria —la épica— de aquellos meses de 2008 fue muy fuerte. Irresistible. Siempre creí que enfrentar a la Sociedad Rural es deber de cualquier argentino bien nacido. Era imposible no acudir a ese llamado.

Pero un tiempito antes, sin estridencias, mi vieja me mostró el camino: era 2006 o 2007. Su salud ya era muy frágil. La situación económica de mis viejos ya no era tan dramática como unos años antes, pero aún era difícil. Ella gestionó la jubilación de ama de casa. Cuando le salió, fue y se compró uno de esos televisores enormes de 29 pulgadas, con pantalla plana y tubo. Con el pucho que le quedaba de la jubilación mínima, después de descontar las cuotas de la moratoria. En cuotas, claro. Creo que cincuenta. Con uno de esos planes para jubilados habituales en aquellos años. Esa tele la acompañó durante sus últimos meses. No sabría describir su alegría. Su agradecimiento me emociona aún hoy. ¿Qué puede haber más esencial para la política que hacerle llevadera la vida a alguien enfermo y ayudarlo, por ejemplo, a comprarse un televisor?

«En 2008 me permití volver a identificarme plenamente —a cara descubierta— con la política, con el peronismo (que había mamado de muy chico, sin saberlo del todo, en aquellas visitas a la casa de mi abuelo paterno) y con los nombres propios de Néstor y Cristina»

DIEGO JOY.

Mi vieja los vio a Néstor y a Cristina mucho antes que yo. A pura intuición los vio. Ella murió el 22 de octubre de 2007. Las elecciones en las que Cristina fue elegida presidenta por primera vez fueron el 28, apenas seis días después. Durante su internación yo la cargaba diciéndole que había que ponerse bien para ir a votar a Pino, a Carrió, a quien fuera. Le nombraba a cualquiera menos a Cristina. Ella, que casi no podía hablar durante esos últimos días, me miraba enojada y me rugía un trabajoso “no”. Néstor y Cristina le regalaron un poco de paz y felicidad en sus últimos años.

Néstor es muchas cosas. Pero siempre será aquel que ayudó a mi vieja a comprarse el televisor después de tantos años en que no hizo más que perder. Perder un comercio, una casa, dinero, calidad de vida, salud… Fue Néstor quien le permitió sentir que no todo era pérdida, que también se podía ganar.

En la vejez se hizo bien peronista mi vieja. Gracias a Néstor.

Eso, siempre.

Gracias, Néstor.

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