Mi papa me tuvo de grande. Yo nací a sus 55 años y quizás por eso siempre tuve dentro mío el germen de la melancolía por el inevitable transcurrir del tiempo. Recuerdo que pensaba a mis 8 años que cuando cumpliera 10 años mi papa tendría 65 y que cuando tuviera 20 mi padre llegaría a los 75. Seguía haciendo cuentas imaginando cual sería el momento en el que mi viejo partiría al otro lado de las cosas. Con el correr del tiempo aprendí que uno nunca debe hacer cuentas en lo relacionado a las cuestiones de la vida y de la muerte.
Con el impostergable transcurrir de las cosas entendí que los afectos no se miden de modo temporal y a su vez que todo queda guardado en la memoria. Claro que mis viejos me ayudaron mucho a esquivar esa inminencia de la tristeza que me acechaba. Rápidamente comprendí gracias a sus enseñanzas que había un antídoto para combatir la nostalgia. Buscar la belleza en las cosas y construir momentos atesorables entonces me aseguraba la posibilidad de evadirme del dolor de la inevitable ausencia.
Recuerdo de modo brumoso a mi viejo subrayando un libro de Camus. Yo tendría 12 años y sorprendido de la vehemencia con la que mi viejo subrayaba le pregunte que le interesaba de ese libro. Mi viejo entonces recuerdo que me dijo que le gustaba marcar las partes bellas de los libros porque de esa manera podía atesorar el alma de los muertos y que de esa manera los vivos podían seguir dialogando con los que ya no estaban más entre nosotros. No entendí demasiado en ese entonces lo que mi viejo refería pero algo de eso me quedo marcado para siempre. Al tiempo fui yo el que empezó a leer de modo compulsivo.
«Luchar contra el olvido por medio de la búsqueda de la belleza se transformó en una obsesión».
JUAN PABLO SUSEL. POESÍA Y METAFÍSICA.
Con el paso del tiempo entendí que mi pulsión de lectura tenía que ver con continuar el gesto de mi viejo. Luchar contra el olvido por medio de la búsqueda de la belleza se transformó en una obsesión. Creo que todavía no me consideraba un adolescente cuando empecé a leer al mismo Camus, Hesse, Celine y otros narradores fundamentales del siglo XX. Mezclaba esas lecturas con otras más juveniles como las historietas de Batman y Superman y los fanzines de Fantomas. Al igual que mis viejos leía escuchando música clásica, la misma música que le gustaba a mis viejos sobre todo Mozart, Vivaldi y Brahmns.
Recién dos años después de este momento de deslumbramiento descubrí la música moderna gracias a algunos amigos un poco más grandes que me metieron en las profundidades de la cultura Rock y sus derivados. Así descubrí desde Deep Purple y Led Zeppelin hasta el heavy escandinavo pasando por García, Spinetta, Piazzola y los redondos entre otros.
En los definitivos y finales 90 los jóvenes no teníamos acceso a la música como hoy en día. Por aquel entonces grabábamos las canciones en casettes TDK de 60 y 90 minutos. Esperábamos que en la radio pasaran las canciones que nos gustaban y también esperábamos audiciones especificas en donde los expertos en música nos mostraban bandas y artistas que no conocíamos. Así se nos formaba el gusto a finales del siglo XX. Había en ese gesto iniciático una pedagogía del aprendizaje muy humana que dista mucho de la lógica del algoritmo que predomina hoy en día.
Así comencé a atesorar las letras de mis músicos preferidos con la misma devoción y fanatismo con el que hasta hace unos años subrayaba y anotaba fragmentos de La metamorfosis y La montaña mágica.
En esa época de mi vida comprendí que la belleza y el amor perduran por sobre la muerte en la batalla metafísica entre el recuerdo y el olvido.
En estos días recordé mucho esa época de aprendizaje. En solo algunos meses los amantes del rock sufrimos muchas pérdidas, todas de artistas muy queridos y muy notables. Primero fue la conmocionante noticia de la muerte del indio Solari. El estado de conmoción generalizada que la partida del indio género en la sociedad argentina se compara con muy pocas personas en la historia de nuestro país. Cuando recién estábamos procesando la muerte del indio fue el turno de Daniel Melingo, sin dudas uno de los músicos más personales que dio la música popular argentina en los últimos cincuenta años.
Con un pie en el tango y otro en el rock la obra de Melingo es una invitación a pensar los puntos de contacto que relacionan a la música popular argentina a lo largo del siglo XX. Luego fue el turno del negro Rada, uno de los padres de eso que hoy conocemos como rock rioplatense. Fundador de una estética y una mitología propia la música de Rada modifico la historia de la música americana mixturando el swing de la cultura rock con músicas autóctonas como el candombe y la murga construyendo así una personalidad única.
Después toco despedirnos de Miguel Zavaleta, el líder de Suéter sin dudas fue uno de los grandes poetas del rock nacional a la vuelta de la sangrienta dictadura que asolo nuestro país. El autor de himnos como Amanece en la ruta, Extraño ser y Vía México fue uno de los grandes personajes del rock argentino de las últimas dos décadas del siglo XX. Zavaleta le imprimió a la poética rockera una dosis de humor y desmesura muy necesarias después de los años de oscuridad que la sociedad argentina sufrió luego de la última dictadura cívico militar.
«Había en ese gesto iniciático una pedagogía del aprendizaje muy humana que dista mucho de la lógica del algoritmo que predomina hoy en día».
JUAN PABLO SUSEL.
El último golpe que recibimos en estos días fue la partida de Ricardo Soule, el compositor y cantante de la mitológica y fundacional Vox Dei. Soule no fue solo un músico de rock. Compositor notable y difícil de encasillar en el género del rock fue uno de los fundadores de la música pesada en nuestro país. Soule dueño de una voz poderosa como pocas en nuestra música también fue un poeta con mayúsculas y un violinista notable. La biblia es sin dudas uno de los discos más importantes de la música rock realizados en nuestro continente pero la magnitud de la obra de Soule lejos está de reducirse a ese maravilloso e inigualable álbum conceptual.
Quizás por el tiempo sombrío en el que estamos viviendo cada muerte me sacudió de un modo poderoso muy difícil de poner en palabras y esa tristeza solo disminuía cuando escuchaba algunas de las canciones que estos artistas compusieron. Sentí en estos días la misma sensación imposible de transmitir que tenia de chico con mis viejos cuando descubría melodías compuestas siglos atrás. En estos días de irremediable tristeza volví a ser el niño que junto a su padre comprendió que el arte y la belleza son un mecanismo perfecto para combatir la tristeza.
Nos queda el consuelo de la obra que es el modo en el que los artistas permanecen vivos entre nosotros, los mortales. La belleza y el amor son el motor que nos da el ánimo suficiente para no claudicar. En tiempos tan inhumanos como los que vivimos encontrar belleza en una canción es un modo de ganarle la batalla al tiempo y de sobrevivir en esta guerra de todos contra todos. Buscar belleza en las cosas es un hermoso modo de vencer al olvido y de recordar de que mundo venimos y que mundo nos sobrevendrá. Hablar con los muertos a través de los discos y los libros nos permite sentirlos cerca dándonos el cobijo del amor. Al resto se lo lleva el viento.





