El mapa del poder global está siendo rediseñado desde los púlpitos. Lo que las corporaciones financieras y los gabinetes estratégicos tradicionales no logran articular mediante la coacción económica, los nuevos movimientos evangélicos carismáticos lo consiguen a través de la fe: fabricar un sentido común reaccionario, disciplinar a las masas y construir el andamiaje ideológico de la nueva ultraderecha internacional.
Las iglesias evangélicas —en especial los sectores neopentecostales más radicalizados— dejaron de ser meros espacios de contención espiritual para erigirse en el think tank y laboratorio político del extremismo de derecha contemporáneo. Ya no se trata solo de votos, sino de creadores de sentido que disputan la cultura, la moral y las instituciones bajo una lógica de cruzada.
Del rezo a la geopolítica: el eje Trump-Bolsonaro
El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca no ha hecho sino apuntalar esa enorme influencia política. El cristianismo carismático se ha consolidado como una fuerza ideológica dominante dentro del Partido Republicano. La cosmovisión impulsada por redes como la Nueva Reforma Apostólica, que concibe la arena política como una batalla cósmica contra “espíritus territoriales” y “potestades demoníacas”, se ha trasladado sin escalas a las contiendas electorales latinoamericanas.
Y las de Brasil son especialmente importantes para Estados Unidos, porque suponen casi la última barrera —solo quedaría México como potencia gobernada por la izquierda— en una región que, gracias a sus gobiernos de derecha y ultraderecha, está casi perfectamente alineada con los intereses de Washington. En este tablero, los vínculos de operadores y líderes religiosos con figuras como Flavio Bolsonaro y el bolsonarismo en general demuestran que la agenda de la fe y la agenda del libre mercado salvaje marchan de la mano.

El milagro demográfico y la colonización del Estado
En Brasil, los evangélicos han pasado de representar un 5% en los años 70 a cerca del 31% de la población, con proyecciones que sugieren que podrían ser mayoría hacia 2032. «La transformación religiosa más rápida de la historia», la definió la cineasta Petra Costa.
Ese cambio demográfico se replicó también, de forma quirúrgica, en el mapa político. Si en 1986 había 13 legisladores abiertamente evangélicos, ahora la bancada multipartidista Frente Parlamentar Evangélica ocupa alrededor del 40% de los escaños del Congreso. Estos diputados fueron fundamentales para la victoria de Jair Bolsonaro y también para la destitución de Dilma Rousseff. Y lo serán en estas próximas elecciones, consolidando un poder de veto permanente sobre cualquier avance en materia de derechos civiles o justicia social.
Teología del neofascismo: la fe como herramienta de disciplinamiento
La ultraderecha encontró en estos liderazgos religiosos al aliado perfecto: un vector de masas capaz de capitalizar el descontento social, canalizarlo hacia odios identitarios (contra las diversidades, el feminismo y los movimientos populares) y ofrecer una narrativa de salvación individualista frente a las ruinas del neoliberalismo.
La Iglesia Evangelista como usina de pensamiento de la extrema derecha no defiende al rebaño, sino al privilegio; utiliza el temor apocalíptico para blindar un modelo de acumulación económica donde los ricos son bendecidos por Dios y los sectores vulnerables son culpabilizados de su propia desgracia. Desmantelar este bloque de poder cultural es el desafío más urgente para las democracias populares de la región.





